Vivir en tiempos de crisis

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La crisis puede ofrecer nuevas posibilidades…

Hace ya algunos años que los medios de comunicación nos bombardean a diario con el tema de la crisis económica (aunque esto no hace falta, porque vivimos día a día con ella y hemos aceptado que ha llegado y no tiene intención de marcharse, al menos de momento). Como resultado, muchas personas han dejado de «vivir» y se limitan simplemente a «sobrevivir», y esto no solamente en el plano económico, sino en todas las áreas de la vida; hemos abandonado la ilusión, la esperanza, la lucha por nuestros objetivos…, la búsqueda de un futuro mejor.

Y como en la viña del Señor hay de todo, nos encontramos desde aquellos que se sumen en la depresión más profunda, hasta los que parecen haber dejado su vida en stand by, confiando pasivamente en que la crisis pase y todo vuelva a ser como antes. De una forma u otra, todos han dejado de VIVIR para conformarse con SOBREVIVIR… Lo curioso es que este cambio de actitud no sólo está determinado por el curso de la vida sino que, de cierta forma, también está sustentado por los medios de comunicación y los mensajes que nos lanzan: parece «normal» que en tiempos de crisis nos sintamos desolados, tristes y que nos dediquemos a sobrevivir lo mejor que podamos…

En cierto modo, es comprensible que una pérdida o disminución del estilo de vida al cual estábamos acostumbrados provoquen una reacción inicial de tristeza. Sin embargo, deberíamos hacer una distinción entre economía y salud, entre dinero y felicidad, entre bienestar económico y bienestar psicológico. Hay millones de personas que viven por debajo del nivel de pobreza establecido por los países occidentales, y no por eso han perdido la ilusión de vivir. De hecho, los estudios realizados en los últimos años demuestran que los niveles de felicidad en estos países son mayores que en las grandes naciones industrializadas.

Lo que intento decir, es que es difícil reducir drásticamente el tren de vida al cual estábamos acostumbrados; pero asumir una actitud derrotista y dejarse caer en las garras del desánimo o de la depresión no resuelve nada, al contrario, nos resta capacidad de acción, bienestar y calidad de vida.

Además, es bueno recordar que la crisis tiene dos caras: una negativa y otra positiva. En estos mismos momentos, están cerrando muchos negocios y empresas pero también están abriendo otros con nuevas ideas que se adaptan mejor a las condiciones actuales. En palabras de Einstein:

La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis, se supera a sí mismo…

Por eso, me parece este un buen momento para recordar esta famosa fábula, que ilustra muy bien de lo que estoy hablando:

 

“Un viejo maestro decidió que aquella tarde visitaría junto a su discípulo uno de los parajes más pobre de la provincia. Después de caminar un largo rato encontraron una casucha a medio derrumbarse. Sin embargo, lo más sorprendente de todo era que en aquella casucha de apenas seis metros cuadrados vivían ocho personas: el padre, la madre, cuatro hijos y dos abuelos.

Sus miradas tristes y sus cabezas bajas no dejaban duda de que la pobreza y la inopia no sólo se había apoderado de sus cuerpos, sino que también había encontrado albergue en su interior. Curiosamente, en medio de este estado de penuria y pobreza total la familia contaba con una sola posesión extraordinaria bajo tales circunstancias: una vaca que proveía de leche a toda la familia. Esta vaca era la única posesión material con la que contaban y lo único que los separaba de la miseria total.

Al día siguiente, muy temprano, asegurándose de no despertar a nadie, los dos viajeros se dispusieron a continuar su camino. Salieron de la morada pero, antes de emprender la marcha, el anciano maestro, ante la incrédula mirada del joven, y sin que éste pudiera hacer algo para evitarlo, sacó una daga que llevaba en su bolsa y de un solo tajo degolló a la pobre vaca que se encontraba atada a la puerta de la vivienda.

-¿Qué has hecho maestro? ¿Cómo has podido matar esta pobre vaca que era su única posesión?

Sin inmutarse ante la preocupación de su joven discípulo y sin hacer caso de sus interrogantes, el anciano se dispuso a continuar su marcha. Así pues, dejando atrás aquella macabra escena, maestro y discípulo partieron.

La historia cuenta que, un año más tarde, los dos hombres decidieron pasar nuevamente por aquel paraje para ver qué había ocurrido con la familia. Buscaron en vano la humilde vivienda. El lugar parecía ser el mismo, pero donde un año atrás se encontraba la ruinosa casucha ahora se levantaba una casa grande que, aparentemente, había sido construida recientemente.

Se detuvieron por un momento para observar en la distancia, asegurándose de que se encontraban en el mismo sitio. Lo primero que pasó por la mente del joven fue el presentimiento de que la muerte de la vaca había sido un golpe demasiado duro para aquella pobre familia. Muy probablemente, se habían visto obligados a abandonar aquel lugar y una nueva familia, con mayores posesiones, se había adueñado de éste y había construido una mejor vivienda. 

Cuál no sería su sorpresa cuando, del interior de la casa, vio salir al mismo hombre que un año atrás les había dado posada. Sin embargo, su aspecto era totalmente distinto. ¿Qué había acontecido durante ese año?

El hombre les confesó a lo dos viajeros que su primera reacción ante la muerte de la vaca fue de desesperación y angustia. Sin embargo, después se dieron cuenta de que necesitaban comer, consiguieron algunas semillas y comenzaron a sembrar. Así comenzaron a vender los alimentos que les sobraban y, de este modo, les llegó la abundancia.”

 

La lección más importante que podemos extraer de todo esto, es que no debemos conformarnos si estamos descontentos con nuestra situación; en nuestras manos está el poder hacer cosas para cambiarla. Y por encima de todo, nunca liguemos irremediablemente nuestra felicidad y nuestro bienestar psíquico y espiritual a la abundancia económica. La vida tiene altos y bajos, y eso significa sólo una cosa: ¡¡que estamos vivos!!

(Fuente: «Rincón de la Psicología»)