Influencias en el desarrollo de la autoestima

Influencias en el desarrollo de la autoestima

Y… ¿por qué llega uno a quererse más o menos?

Primeros pasos

El niño, desde los primeros meses de vida, establece una relación afectiva con el adulto que se encarga de él (normalmente la madre). Al principio, esta relación se basa en la satisfacción de sus necesidades biológicas. El adulto con quien establece esta relación es la llamada “figura de apego”, que es la figura más importante para él, de modo que si ésta falla (muerte, abandono, enfermedad, etc….) va a repercutir gravemente en el desarrollo afectivo, aunque, normalmente, cuando pasa esto, él mismo establecerá ese vínculo con otra persona cercana. A medida que el adulto le introduce en el mundo de los objetos, este interactúa con ellos y se va afirmando hasta que se encuentra ante un “objeto” que no puede manipular, es el sujeto, es el “otro”.

Lo habitual es que el deseo del niño sea tratar y conocer a ese “otro”, tiene una necesidad de relacionarse y, al mismo tiempo, de ser diferente. Diversos estudios señalan que el desarrollo de un apego seguro a la edad de un año, proporciona una previsión del desarrollo social del niño y de su personalidad futura. Entonces, un bebé que es cubierto en sus necesidades básicas, tanto físicas como afectivas, desde el nacimiento —y quizás podemos decir desde antes de nacer—, va de camino a desarrollar una adecuada autoestima, a tener seguridad. Por el contrario, un bebé que es abandonado, o que no recibe mucha atención, que no es estimulado, con el que se habla poco, no se le toca apenas, se le priva a menudo de estar con la persona a la que está apegada, es alguien con una alta probabilidad de quererse poco.

 

La llegada al cole

La entrada y el paso por el ámbito escolar supuso para cada uno de nosotros un cúmulo de experiencias ricas e interesantes. Si bien en los años preescolares ya éramos capaces de comprender que los otros tienen pensamientos, deseos, intenciones, etc., según avanzaban los cursos fuimos aprendiendo a disimular nuestras intenciones en el juego, a comprender que una tercera persona puede tener un enfoque diferente de las cosas y una concepción más completa de los demás.

Cuando tuvimos entre los 6 y los 10 años fue un tiempo de pocos cambios en el ámbito afectivo, normalmente son tranquilos a no ser que ocurran cosas que fácilmente quitan la paz. Algunas de las más graves: separación de padres, fallecimiento de algún ser querido (y, a veces, hasta la muerte del perro o del gato también se convierte en un trauma), problemas en el grupo de amigos, traición del mejor o la mejor amiga, recibir alguna agresión, abuso físico o psicológico. Muchas personas habiendo crecido de una manera sana, sintiéndose queridos, se han visto muy dañadas por alguna de estas experiencias, que si bien en su momento parece que no importa, que no pasa nada, a la larga afloran creando complicaciones.

¿Os acordáis cuando pasasteis de Infantil a Primaria? Se acabó el estar todo el tiempo jugando. Al principio es guay eso de pasar al cole de los “grandes”, pero, después, eso de estar todo el rato sentados, tanto estudiar, deberes… Ese cambio supuso grandes retos. Pasamos a una enseñanza con contenidos más sistematizados, horarios menos flexibles, menos libertad de movimiento, no hay juguetes, diferente forma de evaluar el rendimiento, etc. En muchos niños, todas estas cosas producen temores y ciertas alteraciones del comportamiento (hacerse pis otra vez, miedos por la noche, nerviosismo, mayor apego a los padres, etc.), que hay que tomar como normales, sabiendo que dichos comportamientos tienden a desaparecer.

La escuela es, junto con la familia, la institución social que mayores repercusiones tiene para nosotros. La escuela modifica nuestra forma de pensar. Además, influye en el desarrollo de las relaciones afectivas, adquisición de habilidades sociales, desarrollo del rol sexual (comportarme como chico o como chica, según mi género) y de la propia identidad (quién soy).

El autoconcepto consiste en conocimientos y actitudes que tenemos hacia nosotros mismos y se desarrolla a través de las acciones y opiniones que expresan los demás sobre nosotros, de forma que influyen compañeros, amigos, profesores y, por supuesto, padres. Esto lo veremos más adelante. Hay un aspecto del autoconcepto que se llama “académico”, y se refiere al concepto de nosotros mismos que nos formamos en función de nuestro resultado, del rendimiento, de las notas que sacamos y, por otro lado, la imagen de nosotros que nos da el profesor, los compañeros, etc. Así, si durante este período de nuestra vida hemos tenido la sensación de ser unos “fracasados”, los “burritos”, eso ha afectado a nuestra autoestima. Muy al contrario, si nos han hecho sentir que valemos, que podemos llegar lejos y se ha correspondido con los resultados, entonces nuestra autoestima se ha visto fortalecida por ello.

Un punto interesante es el tema de los apodos, los famosos motes. ¿Tuviste alguno? ¿Qué te parecía? ¿Cómo te afectaba a tu relación con los demás?… Cuando somos etiquetados nos vemos un tanto limitados. Si la etiqueta es positiva, si el mote hace referencia a algo bueno, no hay problema, pero, a menudo, somos etiquetados y etiquetamos a otros con nombres que casi te fuerzan a tener que comportarte de esa manera, es decir, una vez que te ganaste esa fama, ya no puedes salirte de ese papel, sobre todo porque, en menos que canta un gallo, ya todos te llaman así y piensan de una determinada manera acerca de ti. Si te consideran el “payaso”, vas a tener grandes dificultades para que te tomen en serio; si eres la “fea” tendrás que tener “suerte” para que se fijen en ti, para ligar a primera vista, y no siempre pasa como en las series de televisión, donde las más feas se convierten en unas bellezas; si eres el “empollón”, aunque intentes suspender tendrá que pasar mucho tiempo para librarte de ese mote y quizás no te compense.

LLega la revolución en nuestro cuerpo

¡Ay, ay!… no se pasa muy bien ¿no? Como se suele decir, las hormonas —que quién sabe quiénes son esas y dónde viven…— nos atacan de mala manera, bueno, de mala y de buena. ¡Qué rara se siente una con el cuerpo!, ¿verdad? Esas caderas que se ensanchan, el pecho que empieza a crecer y no sabemos hasta cuánto, pelitos por todos lados y, aunque en un principio lo de depilarse parece que mola, luego es una lata. Y… cuando os llegó la regla… algunas seguro que tuvisteis buenas amigas y madres que os anticiparon algo, pero no deja de ser… “eso”..Y nosotros, los chicos, también nos tocó lo nuestro… ¿qué tal la desagradable sensación de esa primera noche que parecía nos hubiésemos orinado, pero que sabíamos que esa no era la explicación? ¿Qué hacer?… Lo que nos moló es el desarrollo de la musculatura, sacar pecho, tener pelos que afeitar por fin, y hablar como un “hombre” con esa tonalidad grave, después de haber superado los incómodos gallitos que nos habrán puesto colorados más de una vez. Y… ¿las maravillosas espinillas? No sé si habréis oído la típica frase de que “un adolescente sin granos es como un jardín sin rosas”, queda romántico pero un poquito lejos de la realidad.

En fin, que el cuerpo experimentó una revolución de tres pares de narices. Y, ¿qué tiene eso que ver con la autoestima…? Mucho, mucho, mucho. Nuestro cuerpo pasó a ser muy importante en nuestra vida. Obviamente, es nuestra primera carta de presentación, lo que primero ven y que dará lugar a la imagen que se harán de nosotros. Si es buena, guay, porque la gente nos admira, hacemos muchos amigos, ligamos, nos apetece salir, arreglarnos, se tiene éxito. Pero si no es buena esa carta, si no nos gustamos, feo/a, gordo/a, demasiado alto, demasiado bajo, poco pecho, mucho pecho, piernas demasiado largas o cortas, manos feas, orejas irregulares, etc., nos hace sentirnos inseguros y con miedo a cómo nos tratarán los demás. Así podemos ver personas que se arreglan demasiado y que tratan de disimular todo aquello que ven como grandes defectos, y aquellos que hacen uso del humor para sobrellevarlo mejor, pero es frecuente ver que, al no gustarnos, no estamos bien con nosotros mismos y hace que reaccionemos de maneras que no son buenas, que evitemos situaciones que debemos afrontar y que lleguemos a sentirnos acomplejados.

También cabe destacar la repercusión psicológica sobre aquellos que, por enfermedad o algún tipo de deformidad, no han tenido un desarrollo normal y, por tanto, se han visto afectados de diversas maneras al verse en desventaja con respecto a los demás, sintiéndose diferentes. Algunos por las limitaciones físicas que le impiden participar de las actividades de todos, otros afectados por los excesivos mimos que se le dieron, al necesitar mucha atención por su problemática.

Otro aspecto relevante es cómo afecta el que uno se desarrolle físicamente antes de tiempo o que tarde más en desarrollarse, y se nota que hay diferencias en cómo esto le afecta al niño y a la niña. Por ejemplo, si has sido de los niños que han madurado de forma precoz, seguro que fuiste bien tratado, aunque eso tiene pros y contras: se es más fuerte, pero se está más presionado a comportarse bien o te imponen mayores responsabilidades por la apariencia que tienes de ser más maduro que el resto, cosa que no tiene por qué ser, ya que la madurez física no tendría por qué ir paralela a la psicológica. En el caso de las chicas, una madurez precoz les genera el miedo a llamar la atención, ocultarán ciertas partes de su físico, a menudo son presionadas por chicos mayores. Una madurez tardía en los chicos les hace sentirse inseguros, son tratados de manera infantil, mientras que a las chicas no les afecta tanto pues madurarían a la par de los chicos de su edad.

En resumen, se puede observar cómo crece la preocupación por el físico y el malestar que producen los cambios rápidos que generan incertidumbre (¿Qué va a pasar a continuación? ¿Cómo voy a quedar finalmente? ¿Es normal esto que me está pasando?…) y dificultad a la hora de adaptarse a la transformación del propio cuerpo.

Muchas dificultades para aceptarse a uno mismo y, por tanto, quererse, vienen dadas por nuestra relación con el propio cuerpo. Hemos visto que según afrontamos los cambios y de qué manera nos tratan durante ese período de mucha sensibilidad y fragilidad, así nos influirá para tener una mejor o peor autoestima. Ver que nuestro cuerpo es rechazado por otros, que es manipulado, que no es como desearíamos que fuese… nos puede llevar no sólo a esa baja autoestima sino, como veremos más adelante, a desarrollar otros problemas serios de difícil solución. También, cuando alguien sufrió algún tipo de abuso, es fácil que desarrolle un rechazo hacia su cuerpo, no cuidándolo, autolesionándose en ocasiones y, más grave todavía, cuando se convierte en masoquista.

Esta familia que me ha tocado

Si la escuela nos marca en la vida, nuestras familias mucho más. Ahí es donde nos desarrollamos y recibimos la principal fuente de afecto, seguridad, estabilidad… necesarias para un crecimiento sano. Ahora, ¿qué pasa cuando eso no es así?

Fran tenía un padre muy autoritario, estos del “sí, porque sí”, “porque lo mando yo”. Gracias a Dios, cada vez hay menos de estos, pero aún los hay. Su mamá siempre protegiéndole, así que Fran, por un lado, adoptaba una postura chula que le ayudaba a protegerse del trato poco afectivo de su padre y sacaba partido del mal rollo entre sus padres para hacer lo que le daba la gana. Pero, en el fondo, no le ayudaba tener unos padres así, no le daba seguridad. Tras su chulería había un chico inseguro, débil… ¡Quién lo diría! ¿no? y, por otro lado, no se sentía querido. Por eso, la autoestima de Fran era baja. Es muy importante que los padres pongan límites claros, aunque “fastidien”, y que halla unanimidad entre ellos, y que den las muestras de afecto necesarias para sentirnos queridos, tanto el padre como la madre. Si Fran fuese tratado con más respeto por parte de su padre, no sería tan chulo, no tendría que buscar por ahí el reconocimiento de todos, pretendiendo ser el más de lo más. Si su madre fuese más firme y no tan permisiva, Fran se sentiría querido y más seguro y su autoestima estaría mejor.

Irene creció en un hogar donde pasaba horas y horas sola en casa. Sus padres trabajaban de la mañana a la noche, sólo había algunos días que cenaban todos juntos. Se sentía sola a menudo, y cuando sus padres se comunicaban con ella era para decirle que debía sacar mejores notas, que para eso trabajaban ellos. Continuamente su madre le insistía en que se arreglase más, que siempre iba muy fea, que de esa manera ningún chico se fijaría en ella. Y la realidad es que vosotros sabéis bien que cuando los padres son demasiado insistentes con algo, es la mejor manera para que se haga todo lo contrario. Pues así es que Irene se sentía acomplejada, no sólo en el terreno físico, ya que también le decían en casa que no hablaba bien, que vocalizaba poco y que no se le entendía, por lo que sólo hablaba lo imprescindible, y no únicamente en casa, sino, como hemos visto, en clase también. Si los padres de Irene pasaran más tiempo con ella, harían que ella se sintiera valorada, que es importante. Si prestasen atención a lo que dice teniendo en cuenta sus opiniones, ella se sentiría más segura para expresarse y hablaría mejor sin necesidad de que se lo dijeran. Si le echasen piropos y respetasen sus gustos en el vestir, peinarse, etc., saldría de ella misma el cuidarse más, principalmente por sentirse querida.

Hay familias muy permisivas que no nos ayudan a desarrollar seguridad, y hay familias muy autoritarias que no nos permiten tener criterio propio y hace que no nos desarrollemos personalmente como deberíamos, atascándonos en el infantilismo o llevándonos a la rebeldía. Hay familias donde no se afrontan los temas que generan conflicto, se tapa todo, y ese secretismo hace que no se aprenda a enfrentar los problemas de forma madura y a dejar temas que quedan sin resolver durante años. Hay familias donde se tiene que hablar de todo, todo, donde todos son “amigos” y que se echa en falta la necesaria intimidad.

En fin, ¿cómo es la familia que te ha tocado? Probablemente no te tocó a ti la familia perfecta, no le tocó a nadie. No es bueno culpar a nuestros padres de no haber sido buenos padres. No es bueno echarles en cara que si tenemos baja autoestima es por causa de ellos, de que no nos han hecho sentir seguros, queridos… Ellos tienen su parte, pero aunque la familia en la que nacimos y nos desarrollamos nos influencia para la vida, no es determinante, podemos cambiar y encontrar formas de desarrollar una buena autoestima.

Pronto, en nuestra vida, han aparecido otros que pasaron a formar parte importante: son nuestros amigos. Veremos, a continuación, que algo de responsabilidad también tienen en todo esto.

¿Qué pintan los amigos en esto?

Con 11 y 12 años, nos llamaban preadolescentes. ¡Qué mal suena eso!, ¿verdad? En esta etapa, las relaciones de amistad cobran un valor importante. Con 6 y 7 años, la amistad se traduce en ayuda unidireccional, es decir, uno piensa en sí mismo y cómo los demás me pueden satisfacer mis necesidades. Pasados los 8, es un proceso más bidireccional (cada amigo se adapta más a las necesidades del otro) y comienza a manifestarse cierta intimidad en el hecho de intercambiar sentimientos, secretos, promesas, etc.

En la adolescencia, lo más relevante es la progresiva separación del grupo familiar, a la vez que aumenta la influencia del grupo de iguales. Por un lado, la distancia de la familia, que es un tiempo de autoafirmación que los padres muchas veces no llevan muy bien, es ese momento en el que echan en cara que no se habla tanto en casa, que no se cuenta las cosas, que ya se pasa de ellos, ¿te suena esto? Sin embargo, el adolescente va hacia la autonomía y la independencia que necesita. Quiere cariño, necesita atención, pero no del tipo sobreprotector o paternalista que potencian su inmadurez. Por otro lado, toma especial relevancia el grupo de iguales, es decir, nuestros amigos. Se va pasando de la época del grupo de amigos con gente del mismo sexo, al grupo que “acepta” también a los del sexo contrario y, finalmente, la relación de pareja.

Recordad cómo afectan los comentarios de los amigos en cuanto a nuestro físico, nuestra forma de vestir… ¡Cómo cuesta mantenerse firme cuando parece que todos piensan distinto a mí! Y ya no digamos cuando ese pensar diferente hace que me discriminen, vacilen o rechacen.

Encontrar mi lugar en el grupo de amigos es importante. Si allí me siento valorado, siento que cuento para ellos, que notan si falto, que me llaman, que buscan mi criterio sobre las cosas… entonces mi autoestima es reforzada. De lo contrario se verá afectada negativamente.

Otra influencia importante es cuando nos sentimos traicionados, defraudados, porque en esos momentos se suelen tener sentimientos de culpa. Uno se cuestiona si era importante para el otro o si fue utilizado. Hay soledad, incomprensión, miedo a volver a ser rechazado o traicionado. Con lo que te vuelves desconfiado y se hace más difícil conseguir nuevas amistades.

Elegir buenos amigos tiene mucha trascendencia. El famoso dicho “dime con quién andas y te diré quién eres”, que os habrán repetido muchas veces, tiene su razón de ser. Somos influenciados casi sin querer. En este sentido vale la pena rodearse de amigos que te valoran, que te respetan, y dejar en el grupo de “conocidos” a los que sabes que no son buena influencia para ti, que te meten en líos, que te hacen sentir insignificante, que sólo se relacionan contigo por interés o beneficio personal y, por supuesto, si llegan al punto de faltarte al respeto o promueven que tú lo hagas así con otros.

Fernando era un líder nato. Unirte a él te ascendía rápidamente, dándote éxito en el instituto. Cuando Raúl se hizo su “amigo” pensó que por fin llegaría a ser alguien, que su fama aumentaría, lo que no esperaba es lo que realmente se encontró. Raúl fue utilizado como el hazmerreír del grupo de amigos, el recadero, el “conejillo de indias”… En vez de crecer, su autoestima decreció.

Nati, Yoly y Noe —así se llamaban entre ellas—, eran muy buenas amigas desde que se conocieron en 5o de Primaria. Pasaban mucho tiempo juntas, tenían secretos entre las tres, que nadie más sabía. Alguna vez llegaron a hacer ese tipo de pactos de “juntas for ever”. Decían que no iban a tener novios, claro, esto hasta los 12, 13 años, porque cuando hicieron los 16 las cosas cambiaron en muchos sentidos. El primer atentado contra ese pacto fue cuando tanto Yoly como Noe empezaron a salir con unos chicos, dejando cada vez más de lado a Nati. Esto fue un golpe fuerte para ella, no podía entenderlo, cómo era que para sus amigas, esos chicos fuesen más importantes que ella. Lo cierto es que ni Yoly, ni Noe, tuvieron mucho tacto y, absorbidas por lo que era la novedad de su primera relación, se olvidaron de Nati. A Nati le costó entender la fragilidad de las relaciones de amistad, se sintió sola, se aisló por un tiempo y le costó volver a animarse, a salir, a disfrutar, a hacer nuevas amistades. En todo este tiempo las parejas siguieron teniendo amistad, pero el segundo golpe llegó cuando, después de un par de meses, Noe rompió la relación con su chico y empezó a sentirse atraída por la pareja de Yoly. Como esto fue recíproco, no tardó en romperse la pareja que quedaba. Yoly se sintió profundamente traicionada. ¿A que no os suenan raras estas historias? Cosas como estas marcan, dejan huella, aunque normalmente tenemos recursos para salir adelante. Y ahora que hablamos de parejas, ¿cómo nos influye en la autoestima?

¿Y cuándo llega el novio/a ?

Este apartado es sumamente importante. Como solemos decir, a la familia no la elegimos nosotros pero a los amigos y a la pareja sí, al menos hoy en día. ¿Os imagináis cómo sería en aquella época que se hacían los matrimonios de conveniencia? No me lo quiero ni imaginar, que mis padres decidiesen con qué chica debía casarme, me gustase o no. La verdad que aunque no sea así hoy, muchas veces los papás, por muy bien que lo hagan, se meten y se les nota en su cara, en sus preguntas… si les gusta o no y eso nos afecta. A veces van más allá estableciendo una prohibición que despierta más deseo que otra cosa. Recuerdo conocer una chica de 16 años que se había enamorado de un chico de 19. El problema es que cuando uno se enamora se pierde un poquito la cabeza, ¿o no? Pues eso fue lo que pasó, pero en este caso tuvo graves consecuencias. Vamos a llamar María a la chica y Jorge al chico. Los padres de María estaban separados y no se llevaban bien. María pasaba temporadas viviendo con la madre y otras con el padre, tenía un hermano mayor ya independizado que se llevaba mejor con la madre que con el padre, aunque se relacionaba con ambos. El problema surgió cuando María conoció a Jorge y empezó a salir con él. A los padres no les gustó nada porque Jorge no tenía buena fama, se metía en problemas a menudo, peleas sobre todo. Poco a poco llegó a oídos de la madre que Jorge no trataba bien a María y, tras investigar, descubrió que, efectivamente, él la empujaba a veces y tenían discusiones regulares. La madre puso una denuncia hacia Jorge, éste llegó a agredirla y la guardia civil intervino. Al haber denuncia se desarrolló un juicio y se determinó una orden de alejamiento de Jorge hacia María mientras no salía el veredicto definitivo. En todo esto, María se enfadó con su madre, negó que él la maltrataba y se fue a vivir con su padre, la nueva pareja de éste y su hermanastra. A pesar de la orden de alejamiento, ella se escapaba para verse con él, creando conflicto con su padre cada vez que era descubierta. Finalmente Jorge tuvo que ingresar por unos meses en prisión porque en algún momento terminó hasta agrediendo a un guardia civil. Durante el tiempo que estuvo en prisión, todos se esforzaron para que María dejara de pensar en él, que reflexionara sobre lo perjudicial que era para ella, pero ¿os imagináis el efecto? Pues sí, exactamente, cuanto más le decían que no era bueno para ella, más le quería. Veía todo eso como una gran aventura, así que ambos se prometían amor eterno y esperarían como grandes héroes románticos, a que él saliera de la cárcel y después se escaparían juntos para siempre. María estaba cegada por el amor. El tema del maltrato es muy complejo, es difícil de entender como tantas mujeres maltratadas siguen amando a sus hombres y como tardan tanto en reaccionar. El maltrato daña muchísimo la autoestima. Te hace quedar enganchado en una relación nada sana, donde cada vez eres menos, te hacen sentir culpable de todo y se va anulando tu personalidad. No sigas adelante en una relación donde se te falte al respeto. ¡Corta cuanto antes! Y busca ayuda.

En la relación de pareja es donde más vulnerables nos hacemos, compartimos mucho, dejamos que nos conozcan y sabemos cómo hacer daño. Si de nuestra pareja recibimos apoyo, aceptación, cariño, reconocimiento, respeto… entonces está siendo un pilar importante para mantener una buena autoestima; mientras que si lo que recibimos es crítica constante, desprecios, rechazo, maltrato físico o verbal, indiferencia… entonces el valor que nos damos a nosotros mismos será menor.

Escoge bien con quién quieres salir, a quién querrás como novio/a y con quién esperarás casarte.

Hemos visto la influencia que va desde el trato del otro hacia mi autoestima, pero también hay una influencia en la otra dirección. Si yo llego a una relación con baja autoestima, va a repercutir en la pareja. Estoy más susceptible a sus comentarios, tendré más miedo a comprometerme, temor a ser rechazado o dejado, riesgo de ser dominado por la otra parte, búsqueda excesiva de afecto y aceptación constante. Esto puede observarse en actitudes caprichosas, en enfados porque el otro quiera estar con otras personas, celos, queriendo que el otro esté todo el tiempo pendiente de uno. Por otro lado, hay la sensación de que no soy lo suficiente bueno para la otra persona, que no me la merezco, que nunca podré hacerle feliz, etc.

Con estas personas que han sido significativas para nosotros, hemos vivido la presión de querer agradarles. Por un lado nos hemos sentido valorados, atendidos, potenciados, pero, por otro lado, nos vemos ante esa exigencia de quedar bien, de que estén contentos con nosotros, de mantener una buena imagen ante ellos, de no defraudarles. A veces esto puede complicarse cuando vivimos para contentar a los demás, lo cual suele ser indicador de autoestima baja; no quiere decir que a alguien con buena autoestima no le importen los otros, sino que no tiene esa necesidad de agradarles constantemente.

Te remito a algunas publicaciones anteriores donde puedes encontrar algunos recursos para mejorar tu autoestima y ayudar a la de los demás.

Esteban Figueirido ( “Me quiero, no me quiero. Pasos para una autoestima sana”. Publicaciones Andamio)

Comentarios (2)

Muy interesante.me gustaría mas información por favor..Gracias

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