El miedo del valiente

El miedo del valiente

Qué es el miedo

 

El miedo pertenece al apasionante mundo de las emociones.

Una emoción es una respuesta del organismo para adaptarse a una determinada situación. En ese sentido el miedo cumple una función protectora. Dicha respuesta implica sentimientos, síntomas físicos, pensamientos y conductas.

Por ejemplo, cuando nos enfrentamos a una situación que nos produce miedo, como puede ser una noche con una gran tormenta, con truenos y relámpagos potentes, nuestro cuerpo y nuestra mente reaccionan. Sentimos miedo y lo comprobamos en una serie de respuestas físicas como: sudar, temblar, respirar mas rápido, latidos del corazón con un ritmo mas acelerado, además puede estar acompañado de un dolor de estómago o de cabeza, etc…, pero a la vez que tenemos esos síntomas de carácter fisiológico, hay pensamientos que alimentan ese miedo, como por ejemplo, pensar que alguno de los rayos va a caer en nuestra casa y producirá un incendio y nos moriremos. Finalmente esa emoción que llamamos miedo, producirá una conducta determinada como puede ser, agarrarnos a alguien fuertemente, meternos en cama bajo las sábanas, acurrucarnos en algún rincón de la casa tapando los oídos y cerrando los ojos, o quizás gritemos, lloremos o nos pongamos a orar fervientemente para que pare la tormenta de una vez.

Así podemos ver que en el miedo se activan muchas áreas de nosotros mismos.

 

El miedo se considera una de las emociones más básicas y universales. Es decir, que lo padece todo el mundo aunque pueda experimentarse de forma distinta según la edad o el contexto cultural. Otras de las emociones universales son: el enfado, la tristeza, la alegría, la sorpresa y el asco.

 

La cara buena del miedo es que como decía al principio, nos protege. Imagina por un momento que no tuvieras miedo a nada. Que ante cualquier peligro te enfrentaras sin ningún temor. El resultado sería que fácilmente podrías ser dañado. El miedo nos hace ser prudentes. Un niño que jugando con fuego se quema, aprenderá que no debe hacerlo, por miedo a no volverse a quemar. Cuando alguien nos hace daño, tendemos a evitar esa relación por el miedo a que el daño se repita.

Necesitamos del miedo para tomar medidas y afrontar situaciones arriesgadas con la máxima seguridad posible.

La cara no tan buena del miedo, es la que nos lleva a perder libertad, cuando el miedo se vuelve algo que nos controla la vida, cuando el miedo pasa los límites de la racionalidad. Subir a un décimo piso y colgarme por la ventana para afuera sujetándome con una mano, y sentir miedo por ello, es sano, pero subir a ese piso y sentir miedo solo por acercarme a la ventana o asomarme a un balcón, ya no es tan bueno. Tener miedo si me sueltan en la selva en medio de animales salvajes, solo, sin ninguna protección, es un miedo racional, pero tener miedo a visitar los animales en un zoo, no es muy racional. Tener miedo de las arañas, los ratones, o animales pequeños, indefensos ante el hombre, es irracional, puedo sentir asco pero no debería tener miedo, como a veces ocurre.

Tener miedo a suspender un examen cuando estudié y además la tónica habitual es que apruebe todo, no es un miedo muy racional, es fruto de una inseguridad que no me hace ningún bien. Sentir temor de que no voy a dar la talla profesionalmente cuando sé que estoy capacitado, cuando los demás confían en mí y he demostrado que soy competente para ello, es un temor que no debería tener, pero afrontar el primer trabajo de mi vida, con poquitos conocimientos prácticos, sintiéndome joven e inexperto, es un miedo bastante racional, que hay que afrontar.

 

El temor forma parte de nuestra vida. ¿A qué temes tú?, ¿Qué es lo que te da miedo?… ¿consideras que es racional o irracional?, ¿sabes por qué tienes ese miedo?.

Creo que nadie puede decir que no teme a nada. Vivir experiencias como la del hundimiento del Titanic, o la de los campos de concentración Nazis, o la misma experiencia de acercarse a la muerte, son situaciones para sentir un temor racional y comprensible.

Pero aun en las experiencias del día a día, si pensamos bien, podemos encontrar cosas que dejamos de hacer por miedo, que si no sintiéramos ese temor, las haríamos.

Tenemos que convivir con el miedo, pero el reto es que éste no sea el que controle nuestra vida, el que decida lo que hemos o no hemos de hacer.

Reconocer el miedo en nuestras vidas es el primer paso, el primer paso para ser valientes.

 

Qué es ser valiente

 

Cuando piensas en alguien valiente, ¿quién te viene a la mente?. Quizás algún héroe de ciencia ficción, o alguien que fue famoso por enfrentarse a una situación muy difícil y arriesgada, o tal vez alguien cercano a ti, que has visto afrontar con valor alguno de tus temores.

¿Cómo definirías a esa persona valiente?, ¿dirías que no tiene miedo?. Es muy probable que si preguntamos a alguien que afrontó alguna situación de ese tipo, nos dirá que sí que tuvo miedo pero que decidió plantarle cara. Realmente ser valiente no quiere decir que uno no sienta temor, sino que el valor justamente se pone en evidencia, porque aun teniendo miedo, decide afrontar la situación. ¡Eso es ser valiente!.

El valor está en entender que lo que tienes que superar es complicado, implica un riesgo, y que aunque te impone, vas a usar todos los recursos posibles para enfrentarlo.

 

La seguridad y la inseguridad

 

Las personas inseguras se caracterizan por tener mucho miedo a todo. Siempre piensan que no van a poder, que las cosas van a salir mal, que no están preparados…

Algunas personas son inseguras como una característica de personalidad, es como si naciesen así, y fácilmente se puede encontrar que tienen un padre o una madre también inseguros. En este caso se podría hablar de un “miedo rasgo”, es decir, como si el miedo estuviese relacionado con un rasgo de la personalidad, con la forma de ser de uno. Esto se puede observar cuando la persona tiene miedo a todo, y ante cualquier situación nueva, o que implique un ligero riesgo, va a sentir temor e intentará evitarla.

Por otro lado tenemos lo que podríamos llamar “miedo estado”, es decir, no es una característica de la personalidad, sino que es algo que se experimenta de vez en cuando, ante ciertas situaciones muy concretas o condicionado como uno se siente en ese momento. Hablaríamos de una persona que puede ser segura pero que en ocasiones reacciona con inseguridad, sintiendo temor.

 

La inseguridad se manifiesta de muchas maneras. Primero en las sensaciones que uno tiene, las cuales son desagradables, hay nerviosismo, tensión, cansancio, junto a síntomas físicos como el dolor de cabeza o estómago, el nudo en la garganta, las taquicardias, las arritmias, la sudoración, etc… También tenemos pensamientos que alimentan la inseguridad como son: “no voy a poder”, “no se como hacerlo”, “me va a salir mal”, “va a ocurrir algún desastre”, “se van a reír de mí”, “voy a hacer el ridículo”, “nunca lo conseguiré”, “no nací para esto”, “no soy capaz”, etc… Y finalmente nos encontramos que la conducta típica de una persona insegura es la evitación, buscar por todos los medios no tener que afrontar esa situación, que otros lo hagan por nosotros, o aplazarlo al máximo, lo cual termina incrementando nuestra inseguridad. También puede ser que lo afrontemos pero como vamos cargados de tantos temores, y de falta de confianza en nosotros mismos, hace que incremente la posibilidad de fracasar.

 

En mi experiencia trabajando con personas que luchan con todo esto, me he dado cuenta que aún siendo personas inseguras, todos albergan un trocito de seguridad. Hay momentos en que son capaces de actuar son seguridad, aunque sean pocos. Es mas, podemos crecer en seguridad cuando vamos cuestionando los pensamientos inseguros que nos invaden, cambiándolos por pensamientos que transmitan seguridad.