El duelo infantil III

En este tercer y última entrada, hablamos del apoyo psicológico a los niños y cuestiones prácticas en torno al funeral, comunicación de fallecimiento, etc.

Para MP. Barreto Martín y M.C. Solar Sainz, en su libro Apoyo psicológico en el sufrimiento causado por las pérdidas: El duelo, es fundamental: (hay añadidos míos)

–       Potenciar su participación voluntaria en los diferentes ritos funerarios evitando las prohibiciones y los engaños pueden concluir que aquello que les ocultan…¡debe de ser horrible!. Es preferible explicarles previamente la situación y acompañarles en aquello que quieran hacer. Es aconsejable explicarle con antelación qué verá, qué escuchará y el porqué de estos ritos.

–       Si el padre/madre no están en condiciones, es conveniente que otra persona (un familiar o amigo de la familia) se ocupe de atenderle y se responsabilice de acompañarle durante estos actos.

–       Garantizar la atención y el afecto. Si los padres están muy desbordados y no pueden asumir sus responsabilidades, es importante buscar una figura significativa que garantice las atenciones necesarias mientras los padres se recuperan emocionalmente. Necesitan presencia física y contacto, sobre todo en momentos de mayor sensibilidad…

–       Mantener las rutinas y las normas establecidas de forma que el niño o el adolescente no tenga la sensación de que el mundo entero se desestabiliza y se desorganiza ante él. Reencontrar el ritmo cotidiano de sus actividades: el colegio, sus amigos, sus juegos familiares, las personas que quiere. También es importante garantizarle el máximo de estabilidad posible. En este sentido no es un buen momento, por ejemplo, para cambiarlo de colegio o para imponerle nuevas exigencias (S. Weis)

–       No ocultar nuestros sentimientos y compartir con ellos nuestras emociones.  Aunque evitaremos puedan presenciar escenas desgarradoras de dolor y pérdida de control de los adultos.

–       Animar a que ellos expresen sus emociones: frases como: «no llores», «no estés triste», «tienes que ser valiente», «no está bien enfadarse así», «tienes que ser razonable y portarte como un grande» …, pueden cortar la libre expresión de emociones e impiden que el niño se desahogue. Ayudarles a través del juego, dibujos, interpretación, cuentos, canciones…

–       Impedir que asuman responsabilidades de mayores por imitación a la persona fallecida.

–       Ser honestos con ellos. El encubrimiento de la verdad o las medias verdades con el pretexto de ahorrarles sufrimiento, causan en algunos niños un temor hacia lo desconocido que puede traer peores consecuencias que el hecho de enfrentarles con la realidad desde el primer momento. En ocasiones esta ocultación y la no participación del dolor con el conjunto de sus familiares, hace que retrase a posteriori el comienzo de las fases de duelo.

–       Los niños desde muy pequeños pueden comprender las diversas situaciones, a su manera, pues ellos perciben y saben más de lo que el adulto se imagina, siempre y cuando reciban una explicación sincera y real a sus inquietudes. Si los adultos pueden hablarles y expresar sentimientos, aun con el llanto, los niños podrán asumir estas manifestaciones como algo natural en el medio familiar. Si esta comunicación clara entre los niños y los adultos no se da, el niño tendrá que esconder sus sentimientos y expresarlos mediante síntomas o comportamientos dañinos.

 

A la hora de comunicar la pérdida:

Poch y Herrero (2003) recomienda:

–       ¿Quién? Preferiblemente padres o familiares cercanos, alguien con quien los niños se sientan seguros y confiados.

–       ¿Cuándo? Lo antes posible, pues postergar la noticia dará lugar a fantasías en niños y adolescentes que pueden empeorar la situación que tienen que afrontar.

–       ¿Dónde? En un lugar tranquilo y silencioso, un lugar seguro y conocido para el niño.

–       ¿Cómo y qué decir? Hay que utilizar un contacto físico adecuado. Adaptar la información que damos a la edad del niño, explicándole lo que ha pasado. Deben evitar expresiones del tipo “se ha ido de viaje o está en el cielo (pueden producir un sentimiento de abandono y de incomprensión, Dios lo ha querido así (le puede hacer pensar que Dios es el responsable), murió durmiendo (puede desarrollar miedo a dormir) o estaba enfermo (puede concluir que cualquier enfermedad puede llevar a la muerte). Sin demasiados detalles, ni explicaciones abstractas. Por ejemplo, podemos decirles: «Ha ocurrido algo muy triste. Papá ha muerto. Ya no estará más con nosotros porque ha dejado de vivir». 

Procuraremos hacerlo con pocas palabras. Por ejemplo: «Ya sabes que ha estado muy muy muy enfermo durante mucho tiempo. La enfermedad que tenía le ha causado la muerte» El niño puede tener miedo de morir ante cualquier enfermedad banal, por lo que es importante recalcarles que las personas sólo se mueren cuando están muy muy muy enfermas, y tienen una enfermedad que muy poca gente coge. Es caso de accidente, podemos decir que quedó muy muy muy malherido, que los médicos y las enfermeras hicieron lo posible para «arreglar» el cuerpo, pero que, a veces, está tan herido o enfermo que las medicinas no le pueden curar.

Si la muerte fue por suicidio, de nada sirve ocultarlo porque tarde o temprano, se acaban enterando por alguien ajeno a la familia. Es mejor pues explicar al niño qué es el suicidio, y responder a sus preguntas. (Ver el folleto «Niños sobrevivientes de suicidas, una guía las personas que los cuidan«).

–       Ante preguntas difíciles: No pasa nada por decirles que nosotros también nos hacemos las mismas preguntas, o que sencillamente no sabemos la respuesta. Es bueno se sepan que todos los seres tienen que morir algún día y que le ocurre a todo el mundo. Los niños en su fantasía pueden creer que algo que pensaron, dijeron o hicieron causó la muerte. Si un niño dice: «me hubiera gustado ser más bueno con mamá, así ella no habría muerto», debemos decirle con calma pero con firmeza que no ha sido culpa suya.

Comentarios (2)

    genial Begoña!
    nos identificamos con esos derechos. Buen trabajo!

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